Sibila no podía creerse tan nerviosa. Era una mujer experimentada, por cuyas sábanas habían pasado miles de hombres a lo largo de su vida. Y sin embargo, no podía contener la emoción y los nervios ante la inminencia de esa nueva Primera cita.
¿Y si Vaporetto es el hombre al que he estado esperando toda mi vida? ¿Podrá ser que por fin haya encontrado la llave de mi felicidad en un ascensor de lujo un lunes por la mañana?
Cuidó su vestuario hasta el mínimo detalle. Un conjunto de ropa interior impresionante, un vestido sexy pero elegante y unos tacones de quince centímetros. Vistió los lóbulos de sus orejas y su cuello con un conjunto de diamantes de ocho kilates, regalo del jeque Agmed. Se diseñó un maquillaje muy discreto, prácticamente inexistente, pero si el suficiente para resaltar su belleza natural. Quería dejar al descubierto su frescura, abandonando cualquier tipo de artificialidad, ya que tenía la impresión de que con Vaporetto todo sería natural. Estaba convencida de que todo fluiría entre los dos. Algo en su interior le decía que todo saldría bien esta vez. Faltaban aún treinta minutos para que el coche que él le había ofrecido para recogerla llegase, así que decidió relajarse con una copa de Chardonnay en la terraza.
Y mientras........
Armani, Zegna, Ford....Vaporetto no era capaz de tomar una decisión. Llevaba casi una hora con los calzoncillos, los calcetines, sujetos a la pantorrilla con unas pinzas de diseño y una camiseta interior de canalé, no tan de diseño, pero si profundamente funcional. Por fin se decidió por un traje ligero color tabaco, de corte impecable, hecho a medida en una coquetuela sastrería de Milán. Dudó mucho pero al final decidió que era mejor ir sin corbata y dejar un par de botones de su camisa suelta, lo justo para intuir ese bello que le llegaba casi hasta la clavícula y que le hacía sentirse tan varonil y sexy. Se le ponían los ojos en blanco cada vez que pensaba en los dientes de Sibila mordisqueando esos pelillos largos y rizados, mientras con sus manos acariciaba su también poblada espalda.
Calma hombre, siempre te pasa lo mismo. No te dejes llevar por la pasión y no lo estropees todo esta vez. Sé que esta mujer es especial y diferente y tengo que tratarla como la dama que merece ser. Por primera vez en mi vida me siento con la valentía suficiente para que alguien me conozca de verdad!
Este último pensamiento hizo que se le escaparan simultáneamente una lágrima y un moco, pero se dio cuenta de que más que por la emoción que le producía la idea, era por el daño que se había hecho al intentar arrancarse un pertinaz pelo que se aferraba a su orificio nasal con vehemencia. Se dijo a si mismo, que aunque negro, duro, largo y antiestético, si aquel pelo se negaba a abandonar su cuerpo, sería porque el destino tendría reservado algo especial para él, Sibila y aquel espartano pelo en aquella noche mágica.
Decidió subir a la terraza para comprobar que todo estaba preparado. El catering de la selección de los mejores restaurantes del mundo estaba listo en la cocina. Sobre la mesa sublimes aperitivos en una vajilla poliédrica y multicolor, con un toque hortera, pero que quedaba definitivamente difuminado por la cantidad de pasta que le había costado. En una cubitera se enfriaba una botella de Moet Chandon rosado que brillaba y proyectaba una estela de color de rosa, gracias al complicado sistema de iluminación led indirecta que Vaporetto había encargado esta misma mañana.
Fantaseaba con besar a Sibila bajo esa cálida estela, antes de acompañarla rendida al dormitorio donde le enseñaría todas las acrobacias sexuales y los trucos que la bella Naomi le había enseñado en su adolescencia. También se sentía lo suficientemente desinhibido para poner en práctica con Sibila, y por primera vez, las técnicas sexuales que descubrió en su convivencia de fin de semana - hacía ya muchos años - con treinta beduinos y beduinas en una tienda de campaña. Incluso esa experiencia quería compartir con Sibila, algo tan íntimo e intenso que le cambió como hombre definitivamente. Quería que ella lo supiera y saboreara absolutamente todo.
Sibila estaba lista. Consultó su reloj, faltaban dos minutos para que el telefonillo sonara y la voz de Stevens le anunciara que la limusina le esperaba para trasladarla al ático de Vaporetto. Se sentía bien, se sentía confiada y con paso firme, retocó su pintalabios en el espejo del hall de su coquetuelo apartamento y en el momento que se disponía a abrir la puerta de la calle, paró en seco. Una duda la asaltó de repente. estaba decidida a cambiar de actitud esa noche, a ser una mujer confiada y llegar a casa de Vaporetto sin "mascaras", dispuesta a dejarse seducir y a recuperar la inocencia que poco a poco había perdido en una sucesión de citas que a lo largo de los años no habían salido como ella esperaba. Esta noche será distinta. Yo soy distinta y lo más importante estoy segura de que Vaporetto también lo es.
Con ese pensamiento en la mente cerró con firmeza la puerta de su apartamento y se dirigió al ascensor. Llamó y justo en ese momento escuchó el telefonillo dentro del apartamento: Ohhh debe de ser Stevens. Quedaría muy mal si no le contestase si quiera. Será mejor que vuelva a entrar y le diga que estoy bajando, pensó. De nuevo en el hall de su apartamento y después de responder cordialmente a la voz metálica que le hablaba desde la calle, Sibila se quedó mirando la polvera de oro que había dejado en el mueble al lado del perchero. Dudó de nuevo. Quería cambiar. Quería intentarlo sin trampa ni cartón. Respiró hondo y finalmente, echo mano de la polvera y la metió con cautela en el bolsillo interior de su bolso: Que demonios, se dijo. Mujer precavida vale por dos.....
El ligero cargo de conciencia que acompañó a Sibila durante el trayecto en el coche se disipó al ver el despliegue que Vaporetto había preparado para ella en la terraza de su ático. Olvidó su polvera y sus miedos y se decidió a vivir la mejor noche de su vida.
- "Champán", le ofreció un atractivo Vaporetto envuelto, eso si en una extraña aura rosa, que le daba un aspecto un tanto gay y con una camisa demasiado abierta que dejaba ver una mata de pelo que al instante repugnó ligeramente a Sibila.
- "Si, por supuesto", respondió ella, mientras amonestaba a su mente por ser tan perfeccionista. - "Brindemos por una noche mágica y por el mejor de los anfitriones" dijo con un toque de cándida seducción para intentar compensar aquellos pensamientos previos.
Vaporetto, chocó ligeramente la copa con la de ella, acompañando la exquisita melodía del cristal de bohemia con una sincera sonrisa que dejó a la vista una dentadura perfecta.
La cena se desarrolló, entre los manjares más suculentos, los vinos más deliciosos que Sibila jamás había probado y un postre que la conmovió hasta el éxtasis.
Y es que justo en el momento en que pensaba que ya era imposible que la sorprendiera con algo más - en lo que a lo culinario se refería claro - apareció el afable Stevens con una gran sonrisa en la cara y una lujosa bandeja de plata con un "cubre platos" que según intuyó Sibila, escondería algún postre caliente y sofisticado. Seguro que ahora es cuando me flambea una tartaleta con mi nombre escrito dentro de un corazón, mientras que en el cielo se proyecta en un gran gobo una recreación de como sería nuestro primer hijo, pensaba intoxicada por el vino, la deliciosa comida y sobre todo la euforia que hizo que diera como posible y racional semejante ocurrencia.
Stevens se colocó a su izquierda, como buen conocedor del que sirve una mesa de postín, y depositó delante de Sibila la bandeja. Vaporetto mientras, igualmente sonriente, le invitó con la mirada a que descubriese lo que escondía la bruñida plata.
Sibila levantó el cubre platos para encontrar un platito también de plata lleno de una sustancia de color rosa (como no) con un aspecto que le costó definir pero que definitivamente desprendía un olor cercano y delicioso. Dos barquillos decoraban el plato y al acercar sus fosas nasales un poco más Sibila lo supo de inmediato y todo su éxtasis la elevó por encima de aquella mesa, haciéndola sentir como la mismísima Santa Teresa.
Con la voz rota por la emoción y los ojos anegados en lagrimas miro a Vaporetto y solo acertó a decir: Fluff?
Vaporetto igualmente emocionado y llorando a moco tendido, afirmó con la cabeza antes de acercarse a Sibila y coger uno de los barquillos del plato para sumergirlo en el que había descubierto - gracias a sus contactos en el MI 6 - era el postre favorito de la joven que llevaba sin catar desde la juventud por unos problemas que el producto había tenido en el Misnisterio de Sanidad hacía años y que habían provocado que fuese retirado del mercado.
Ambos mordisquearon y saborearon el barquillo humedecido en Fluff en una danza ritual cargada de deseo y pasiones arrebatadoras. Las migajas de barquillo se quedaron prendidas de los pelos claviculares de Vaporetto con trazas rosas del producto pegajoso y Sibila sin poder contenerse se inclinó para lamer semejante manjar. Pero Vaporetto la detuvo, lleno de deseo pero con vehemencia, interrumpió aquel arrebato de pasión.
Sibila miró a Vaporetto confundida y con el corazón y lo que no lo era ardientes de deseo. Él con su cara entre sus poderosas manos y sus ojos brillantes y nublados por un deseo animal acertó a decirle:
- "Sibila, te deseo como jamás he deseado a nadie. Creo que en realidad llevo toda mi vida esperando a sentir algo como lo que estoy sintiendo en este momento, pero antes de sellar nuestra unión entre el algodón egipcio de mi cama, necesito serte del todo sincero, ya que hay algo que no sabes de mi".
Sibila se quedó algo confusa pero la profundidad de la mirada de aquel hombre con olor a nube, que tanto deseaba, le hizo tranquilizarse y se sentó dispuesta a escuchar.
En ese momento algo más relajado, Vaporetto comenzó un relato que cambiaría para siempre el desarrollo de la noche y su propio destino.
- "Como ya te he comentado bella Sibila durante la cena, los últimos años de mi vida se han desarrollado en la dureza de las dunas de Arabia. Es un país mágico del que siempre guardaré grandes recuerdos, pero lo cierto es que habituarme al clima, las gentes y las costumbres del país no fue fácil al principio Lo pasé mal, me sentía solo y no acababa de encontrar gente con la que relacionarme. Desde joven, los animales habían despertado en mi una ternura inconmensurable, un afecto que incluso en ocasiones fue motivo de preocupación en mi entorno familiar más íntimo. Yo nunca entendí la cerrazón de miras de algunos de los miembros de mi familia, pero aún así la presión social occidental hizo que durante varios años, contaminado por la constreñida y arcaica sociedad en la que me tocó educarme y vivir en mis primeros años, hizo que abandonara mis prácticas amorosas con las mascotas de la casa.
Cuando llegué a las dunas del desierto, aquella libertad y aquel deseo primitivo volvieron a mi, y me sentí de nuevo con la suficiente libertad para que afloraran mis deseos. Una noche de luna llena y un cielo plagado de estrellas, paseaba por las cálidas calles de Ash Sishiyuju descubrí a la pequeña Yaiza. Nuestras miradas se cruzaron, ella abandonó la tarea de escarbar entre la basura, se relamió los belfos con su juguetona lengua y transito sus patitas y su respingón culito pekinés hasta mi lado.
Imagínate Sibila! Una belleza pekinesa en medio del desierto. Aquello solo podía ser el destino. A partir de ese momento nació un amor, un vínculo especial entre los dos que sigue vivo. Yaiza por supuesto se trasladó conmigo y antes de pasar al dormitorio quiero que la conozcas para que entiendas que el amor que cada una de vosotras podéis ofrecerme no será en absoluto rivalidad, sino siempre complemento".
Sibila se quedó algo confusa. No podía acertar a entender que se tratara de un animal, el ser del que Vaporetto le hablaba. Estas chinada y borracha tía, déjate de tonterías que será que al hombre le gusta tener un harén cosa que no es tan grave. Respira hondo y entra a ese dormitorio que tu futuro se encuentras tras esa puerta y entre esas sábanas de algodón egipcio, pensó decidida mientras entraba en la habitación sin abandonar la sonrisa, aunque ya la sintiera algo forzada.
Al cruzar el umbral de la puerta, lo primero que llamó la atención de Sibila, o más bien despertó sus alarmas fue el intenso y espeso olor ocre, mezcla de excremento secos, pelo de perro mojado, y sexo. En el centro de la cama de matrimonio en una especie de estructura hecha de cojines de raso, su cara se descompuso del todo cuando vio a una perrita pekinesa que sonriente y con cara de suficiencia le miraba mientras sostenía un cigarro largo con una boquilla que Stevens retiraba de las fauces de la perra cada vez que ella aspiraba el humo. El cuello de Yaiza estaba decorado con un escandaloso collar de diamantes sin pulir y se encontraba en una postura nada señorial mostrando con descaro sus seis pares de tetillas y su sexo perruno. Otra fulana que saldrá corriendo a la primera de cambio, penso Yaiza triunfal, mientras se lamia el culete de forma provocadora, despertando al mismo tiempo el deseo de Vaporetto y el asco de Sibila.
Piensa, Sil, piensa o esta situación se te va a ir de las manos, se decía ella en aquel momento en el que la ira, el asco y la decepción pugnaban en su interior a toda velocidad. Necesitaba su bolso, necesitaba tener la cabeza fría y actuar con rapidez, como una señora, como había aprendido en esos años. Aquella no iba a ser para ella la noche que esperaba, ya tendría tiempo para superarlo con un bol de helado y unos cuantos capítulos de Mentes Criminales. Pero lo que estaba claro es que aquella tampoco sería la noche esperada para aquella pareja de guarros peludos, en formato humano y animal.
- "Vaporetto, en primer lugar quiero que sepas que nadie había sido tan sincero conmigo en la vida. Eres un hombre atractivo, muy atractivo y desde este momento el ser humano más valiente que conozco. Quiero saber más, quiero conocerte, y lo más importante, quiero que me hagas tuya en este mismo momento....bueno después de que me dejes empolvarme la nariz. Puedo pasar al servicio, mientras te vas desnudando cielo?"
La pequeña Yaiza continuó con su trabajo culetil con más mal humor que voluntad higiénica o sexual ya que no esperaba escuchar algo así de aquella mujer y mucho menos ver una reacción tan emocionada de su amado Vaporetto, que casi olvidó su presencia en la cama. - "Ya me pedirás algo cerdo desleal cuando ésta también te deje", ladró mientras abandonaba la estancia seguida de Stevens que le sostenía el cenicero.
Cuando Sibila salió del baño, todo estaba previsto en el dormitorio. Le sorprendió no ver a la pequeña pekinesa en la cama ya que se había imaginado un "dos por uno", pero los pelos del pecho, espalda, y hombros de Vaporetto junto con su insignificante miembro viril, también daban algo de aspecto zoológico a la escena sexual así que no se preocupó. Ella solo vestía su conjunto de ropa interior sexy y escondía en su mano izquierda, como ya había entrenado en demasiadas ocasiones su pequeña polvera de oro.
Se acercó insinuante a la cama, haciendo todo lo posible para que Vaporetto solo tuviera ojos para sus pechos, y las palabras de alto contenido erótico que salían con sensualidad de su boca. Cual reportera de noche iba anunciando cada una de las cosas que le iba a hacer, mientras él se excitaba más y más, aunque las proporciones de su barriga (excesivamente grande) y su pene (insultantemente pequeño), hacían difícil advertir si la excitación de su cara se había trasladado también a su entrepierna.
Tal y como necesita, Sibila llegó a la cama en el momento en el que Vaporetto, a instancias de ella, había dejado al descubierto todas sus cavidades corporales y se encontraba en una postura de lo más adecuada: a cuatro patas sobre la cama y con su confiado culito en pompa. A salvo de la mirada del cándido Vaporetto, Sibila sacó las hormigas carnívoras de su polvera y después de ir besando a cada una de ellas, agradeciéndoles de antemano el servicio que iban a prestarle, se dispuso a introducirlas por la oreja izquierda - mucho más sensible que la derecha como ya tenía comprobado - la fosa nasal derecha (por aquello de respetar la asimetría del cuerpo humano, y porqué no decirlo prolongar el sufrimiento de Vaporetto), el pene, y el ojo....del culin del dandy.
El cándido Vaporetto ni siquiera tuvo tiempo de saber que le estaba ocurriendo. De escuchar una sensual voz, pasó a sentir como su cuerpo se descomponía de dentro a fuera devorado por las hormigas amaestradas de Sibila que cumplieron con diligencia su tarea en menos de quince segundos, antes de volver en fila india a la polvera a echar una merecida siesta.
Sibila volvió al cuarto de baño para vestirse y recomponer el maquillaje antes de salir de aquella casa y olvidar aquella noche, que no había sido la peor de su vida - por lo menos la cena y el postres estuvieron a la altura - pero que por desgracia como siempre, había tenido un pero insalvable.
Ya en casa, tumbada en el sofá y con la terraza abierta Sibila fumaba tranquila y relajada, recordando entre el sosiego y cierta nostalgia lo que había dado de si otra noche de esperanzas rotas, pero al menos muy bien resuelta por la fuerte y resolutiva mujer que se sabía era. A sus pies Yaiza, fumaba también asistida por Stevens.
Hice bien en adoptar a la perrita, pensaba Sibila. Entendió al instante que se llevaría bien con ella cuando, al salir del baño del dormitorio del magnate, vio a la pekinesa dando cuenta de los huesos del que en vida recibió el gran nombre de VAPORETTO.
Y mientras........
Armani, Zegna, Ford....Vaporetto no era capaz de tomar una decisión. Llevaba casi una hora con los calzoncillos, los calcetines, sujetos a la pantorrilla con unas pinzas de diseño y una camiseta interior de canalé, no tan de diseño, pero si profundamente funcional. Por fin se decidió por un traje ligero color tabaco, de corte impecable, hecho a medida en una coquetuela sastrería de Milán. Dudó mucho pero al final decidió que era mejor ir sin corbata y dejar un par de botones de su camisa suelta, lo justo para intuir ese bello que le llegaba casi hasta la clavícula y que le hacía sentirse tan varonil y sexy. Se le ponían los ojos en blanco cada vez que pensaba en los dientes de Sibila mordisqueando esos pelillos largos y rizados, mientras con sus manos acariciaba su también poblada espalda.
Calma hombre, siempre te pasa lo mismo. No te dejes llevar por la pasión y no lo estropees todo esta vez. Sé que esta mujer es especial y diferente y tengo que tratarla como la dama que merece ser. Por primera vez en mi vida me siento con la valentía suficiente para que alguien me conozca de verdad!
Este último pensamiento hizo que se le escaparan simultáneamente una lágrima y un moco, pero se dio cuenta de que más que por la emoción que le producía la idea, era por el daño que se había hecho al intentar arrancarse un pertinaz pelo que se aferraba a su orificio nasal con vehemencia. Se dijo a si mismo, que aunque negro, duro, largo y antiestético, si aquel pelo se negaba a abandonar su cuerpo, sería porque el destino tendría reservado algo especial para él, Sibila y aquel espartano pelo en aquella noche mágica.
Decidió subir a la terraza para comprobar que todo estaba preparado. El catering de la selección de los mejores restaurantes del mundo estaba listo en la cocina. Sobre la mesa sublimes aperitivos en una vajilla poliédrica y multicolor, con un toque hortera, pero que quedaba definitivamente difuminado por la cantidad de pasta que le había costado. En una cubitera se enfriaba una botella de Moet Chandon rosado que brillaba y proyectaba una estela de color de rosa, gracias al complicado sistema de iluminación led indirecta que Vaporetto había encargado esta misma mañana.
Fantaseaba con besar a Sibila bajo esa cálida estela, antes de acompañarla rendida al dormitorio donde le enseñaría todas las acrobacias sexuales y los trucos que la bella Naomi le había enseñado en su adolescencia. También se sentía lo suficientemente desinhibido para poner en práctica con Sibila, y por primera vez, las técnicas sexuales que descubrió en su convivencia de fin de semana - hacía ya muchos años - con treinta beduinos y beduinas en una tienda de campaña. Incluso esa experiencia quería compartir con Sibila, algo tan íntimo e intenso que le cambió como hombre definitivamente. Quería que ella lo supiera y saboreara absolutamente todo.
Sibila estaba lista. Consultó su reloj, faltaban dos minutos para que el telefonillo sonara y la voz de Stevens le anunciara que la limusina le esperaba para trasladarla al ático de Vaporetto. Se sentía bien, se sentía confiada y con paso firme, retocó su pintalabios en el espejo del hall de su coquetuelo apartamento y en el momento que se disponía a abrir la puerta de la calle, paró en seco. Una duda la asaltó de repente. estaba decidida a cambiar de actitud esa noche, a ser una mujer confiada y llegar a casa de Vaporetto sin "mascaras", dispuesta a dejarse seducir y a recuperar la inocencia que poco a poco había perdido en una sucesión de citas que a lo largo de los años no habían salido como ella esperaba. Esta noche será distinta. Yo soy distinta y lo más importante estoy segura de que Vaporetto también lo es.
Con ese pensamiento en la mente cerró con firmeza la puerta de su apartamento y se dirigió al ascensor. Llamó y justo en ese momento escuchó el telefonillo dentro del apartamento: Ohhh debe de ser Stevens. Quedaría muy mal si no le contestase si quiera. Será mejor que vuelva a entrar y le diga que estoy bajando, pensó. De nuevo en el hall de su apartamento y después de responder cordialmente a la voz metálica que le hablaba desde la calle, Sibila se quedó mirando la polvera de oro que había dejado en el mueble al lado del perchero. Dudó de nuevo. Quería cambiar. Quería intentarlo sin trampa ni cartón. Respiró hondo y finalmente, echo mano de la polvera y la metió con cautela en el bolsillo interior de su bolso: Que demonios, se dijo. Mujer precavida vale por dos.....
El ligero cargo de conciencia que acompañó a Sibila durante el trayecto en el coche se disipó al ver el despliegue que Vaporetto había preparado para ella en la terraza de su ático. Olvidó su polvera y sus miedos y se decidió a vivir la mejor noche de su vida.
- "Champán", le ofreció un atractivo Vaporetto envuelto, eso si en una extraña aura rosa, que le daba un aspecto un tanto gay y con una camisa demasiado abierta que dejaba ver una mata de pelo que al instante repugnó ligeramente a Sibila.
- "Si, por supuesto", respondió ella, mientras amonestaba a su mente por ser tan perfeccionista. - "Brindemos por una noche mágica y por el mejor de los anfitriones" dijo con un toque de cándida seducción para intentar compensar aquellos pensamientos previos.
Vaporetto, chocó ligeramente la copa con la de ella, acompañando la exquisita melodía del cristal de bohemia con una sincera sonrisa que dejó a la vista una dentadura perfecta.
La cena se desarrolló, entre los manjares más suculentos, los vinos más deliciosos que Sibila jamás había probado y un postre que la conmovió hasta el éxtasis.
Y es que justo en el momento en que pensaba que ya era imposible que la sorprendiera con algo más - en lo que a lo culinario se refería claro - apareció el afable Stevens con una gran sonrisa en la cara y una lujosa bandeja de plata con un "cubre platos" que según intuyó Sibila, escondería algún postre caliente y sofisticado. Seguro que ahora es cuando me flambea una tartaleta con mi nombre escrito dentro de un corazón, mientras que en el cielo se proyecta en un gran gobo una recreación de como sería nuestro primer hijo, pensaba intoxicada por el vino, la deliciosa comida y sobre todo la euforia que hizo que diera como posible y racional semejante ocurrencia.
Stevens se colocó a su izquierda, como buen conocedor del que sirve una mesa de postín, y depositó delante de Sibila la bandeja. Vaporetto mientras, igualmente sonriente, le invitó con la mirada a que descubriese lo que escondía la bruñida plata.
Sibila levantó el cubre platos para encontrar un platito también de plata lleno de una sustancia de color rosa (como no) con un aspecto que le costó definir pero que definitivamente desprendía un olor cercano y delicioso. Dos barquillos decoraban el plato y al acercar sus fosas nasales un poco más Sibila lo supo de inmediato y todo su éxtasis la elevó por encima de aquella mesa, haciéndola sentir como la mismísima Santa Teresa.
Con la voz rota por la emoción y los ojos anegados en lagrimas miro a Vaporetto y solo acertó a decir: Fluff?
Vaporetto igualmente emocionado y llorando a moco tendido, afirmó con la cabeza antes de acercarse a Sibila y coger uno de los barquillos del plato para sumergirlo en el que había descubierto - gracias a sus contactos en el MI 6 - era el postre favorito de la joven que llevaba sin catar desde la juventud por unos problemas que el producto había tenido en el Misnisterio de Sanidad hacía años y que habían provocado que fuese retirado del mercado.
Ambos mordisquearon y saborearon el barquillo humedecido en Fluff en una danza ritual cargada de deseo y pasiones arrebatadoras. Las migajas de barquillo se quedaron prendidas de los pelos claviculares de Vaporetto con trazas rosas del producto pegajoso y Sibila sin poder contenerse se inclinó para lamer semejante manjar. Pero Vaporetto la detuvo, lleno de deseo pero con vehemencia, interrumpió aquel arrebato de pasión.
Sibila miró a Vaporetto confundida y con el corazón y lo que no lo era ardientes de deseo. Él con su cara entre sus poderosas manos y sus ojos brillantes y nublados por un deseo animal acertó a decirle:
- "Sibila, te deseo como jamás he deseado a nadie. Creo que en realidad llevo toda mi vida esperando a sentir algo como lo que estoy sintiendo en este momento, pero antes de sellar nuestra unión entre el algodón egipcio de mi cama, necesito serte del todo sincero, ya que hay algo que no sabes de mi".
Sibila se quedó algo confusa pero la profundidad de la mirada de aquel hombre con olor a nube, que tanto deseaba, le hizo tranquilizarse y se sentó dispuesta a escuchar.
En ese momento algo más relajado, Vaporetto comenzó un relato que cambiaría para siempre el desarrollo de la noche y su propio destino.
- "Como ya te he comentado bella Sibila durante la cena, los últimos años de mi vida se han desarrollado en la dureza de las dunas de Arabia. Es un país mágico del que siempre guardaré grandes recuerdos, pero lo cierto es que habituarme al clima, las gentes y las costumbres del país no fue fácil al principio Lo pasé mal, me sentía solo y no acababa de encontrar gente con la que relacionarme. Desde joven, los animales habían despertado en mi una ternura inconmensurable, un afecto que incluso en ocasiones fue motivo de preocupación en mi entorno familiar más íntimo. Yo nunca entendí la cerrazón de miras de algunos de los miembros de mi familia, pero aún así la presión social occidental hizo que durante varios años, contaminado por la constreñida y arcaica sociedad en la que me tocó educarme y vivir en mis primeros años, hizo que abandonara mis prácticas amorosas con las mascotas de la casa.
Cuando llegué a las dunas del desierto, aquella libertad y aquel deseo primitivo volvieron a mi, y me sentí de nuevo con la suficiente libertad para que afloraran mis deseos. Una noche de luna llena y un cielo plagado de estrellas, paseaba por las cálidas calles de Ash Sishiyuju descubrí a la pequeña Yaiza. Nuestras miradas se cruzaron, ella abandonó la tarea de escarbar entre la basura, se relamió los belfos con su juguetona lengua y transito sus patitas y su respingón culito pekinés hasta mi lado.
Imagínate Sibila! Una belleza pekinesa en medio del desierto. Aquello solo podía ser el destino. A partir de ese momento nació un amor, un vínculo especial entre los dos que sigue vivo. Yaiza por supuesto se trasladó conmigo y antes de pasar al dormitorio quiero que la conozcas para que entiendas que el amor que cada una de vosotras podéis ofrecerme no será en absoluto rivalidad, sino siempre complemento".
Sibila se quedó algo confusa. No podía acertar a entender que se tratara de un animal, el ser del que Vaporetto le hablaba. Estas chinada y borracha tía, déjate de tonterías que será que al hombre le gusta tener un harén cosa que no es tan grave. Respira hondo y entra a ese dormitorio que tu futuro se encuentras tras esa puerta y entre esas sábanas de algodón egipcio, pensó decidida mientras entraba en la habitación sin abandonar la sonrisa, aunque ya la sintiera algo forzada.
Al cruzar el umbral de la puerta, lo primero que llamó la atención de Sibila, o más bien despertó sus alarmas fue el intenso y espeso olor ocre, mezcla de excremento secos, pelo de perro mojado, y sexo. En el centro de la cama de matrimonio en una especie de estructura hecha de cojines de raso, su cara se descompuso del todo cuando vio a una perrita pekinesa que sonriente y con cara de suficiencia le miraba mientras sostenía un cigarro largo con una boquilla que Stevens retiraba de las fauces de la perra cada vez que ella aspiraba el humo. El cuello de Yaiza estaba decorado con un escandaloso collar de diamantes sin pulir y se encontraba en una postura nada señorial mostrando con descaro sus seis pares de tetillas y su sexo perruno. Otra fulana que saldrá corriendo a la primera de cambio, penso Yaiza triunfal, mientras se lamia el culete de forma provocadora, despertando al mismo tiempo el deseo de Vaporetto y el asco de Sibila.
Piensa, Sil, piensa o esta situación se te va a ir de las manos, se decía ella en aquel momento en el que la ira, el asco y la decepción pugnaban en su interior a toda velocidad. Necesitaba su bolso, necesitaba tener la cabeza fría y actuar con rapidez, como una señora, como había aprendido en esos años. Aquella no iba a ser para ella la noche que esperaba, ya tendría tiempo para superarlo con un bol de helado y unos cuantos capítulos de Mentes Criminales. Pero lo que estaba claro es que aquella tampoco sería la noche esperada para aquella pareja de guarros peludos, en formato humano y animal.
- "Vaporetto, en primer lugar quiero que sepas que nadie había sido tan sincero conmigo en la vida. Eres un hombre atractivo, muy atractivo y desde este momento el ser humano más valiente que conozco. Quiero saber más, quiero conocerte, y lo más importante, quiero que me hagas tuya en este mismo momento....bueno después de que me dejes empolvarme la nariz. Puedo pasar al servicio, mientras te vas desnudando cielo?"
La pequeña Yaiza continuó con su trabajo culetil con más mal humor que voluntad higiénica o sexual ya que no esperaba escuchar algo así de aquella mujer y mucho menos ver una reacción tan emocionada de su amado Vaporetto, que casi olvidó su presencia en la cama. - "Ya me pedirás algo cerdo desleal cuando ésta también te deje", ladró mientras abandonaba la estancia seguida de Stevens que le sostenía el cenicero.
Cuando Sibila salió del baño, todo estaba previsto en el dormitorio. Le sorprendió no ver a la pequeña pekinesa en la cama ya que se había imaginado un "dos por uno", pero los pelos del pecho, espalda, y hombros de Vaporetto junto con su insignificante miembro viril, también daban algo de aspecto zoológico a la escena sexual así que no se preocupó. Ella solo vestía su conjunto de ropa interior sexy y escondía en su mano izquierda, como ya había entrenado en demasiadas ocasiones su pequeña polvera de oro.
Se acercó insinuante a la cama, haciendo todo lo posible para que Vaporetto solo tuviera ojos para sus pechos, y las palabras de alto contenido erótico que salían con sensualidad de su boca. Cual reportera de noche iba anunciando cada una de las cosas que le iba a hacer, mientras él se excitaba más y más, aunque las proporciones de su barriga (excesivamente grande) y su pene (insultantemente pequeño), hacían difícil advertir si la excitación de su cara se había trasladado también a su entrepierna.
Tal y como necesita, Sibila llegó a la cama en el momento en el que Vaporetto, a instancias de ella, había dejado al descubierto todas sus cavidades corporales y se encontraba en una postura de lo más adecuada: a cuatro patas sobre la cama y con su confiado culito en pompa. A salvo de la mirada del cándido Vaporetto, Sibila sacó las hormigas carnívoras de su polvera y después de ir besando a cada una de ellas, agradeciéndoles de antemano el servicio que iban a prestarle, se dispuso a introducirlas por la oreja izquierda - mucho más sensible que la derecha como ya tenía comprobado - la fosa nasal derecha (por aquello de respetar la asimetría del cuerpo humano, y porqué no decirlo prolongar el sufrimiento de Vaporetto), el pene, y el ojo....del culin del dandy.
El cándido Vaporetto ni siquiera tuvo tiempo de saber que le estaba ocurriendo. De escuchar una sensual voz, pasó a sentir como su cuerpo se descomponía de dentro a fuera devorado por las hormigas amaestradas de Sibila que cumplieron con diligencia su tarea en menos de quince segundos, antes de volver en fila india a la polvera a echar una merecida siesta.
Sibila volvió al cuarto de baño para vestirse y recomponer el maquillaje antes de salir de aquella casa y olvidar aquella noche, que no había sido la peor de su vida - por lo menos la cena y el postres estuvieron a la altura - pero que por desgracia como siempre, había tenido un pero insalvable.
Ya en casa, tumbada en el sofá y con la terraza abierta Sibila fumaba tranquila y relajada, recordando entre el sosiego y cierta nostalgia lo que había dado de si otra noche de esperanzas rotas, pero al menos muy bien resuelta por la fuerte y resolutiva mujer que se sabía era. A sus pies Yaiza, fumaba también asistida por Stevens.
Hice bien en adoptar a la perrita, pensaba Sibila. Entendió al instante que se llevaría bien con ella cuando, al salir del baño del dormitorio del magnate, vio a la pekinesa dando cuenta de los huesos del que en vida recibió el gran nombre de VAPORETTO.
FIN
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