Pasaba por ahi

Alguien me contó una vez que si tuviese que escribir un libro de memorias lo titularía Pasaba por ahi. ¿Por que?

Porque afirmaba que todas las cosas importantes que hizo y en las que participó en su vida se le presentaron como oportunidades simplemente por estar "en el momento y lugar adecuados".

Yo creo que era un planteamiento que si bien, no estaba exento de cierto romanticismo, servía para cubrir esa papeleta por la cual parace un crimen reconocer la propia grandeza y se tiende a sepultar los más mínimos atisbos de vanidad, en una montaña de oportunas casualidades.

En cualquier caso esa biografía no existe y si algún dia ve la luz, será desde la artificilidad del narrador en tercera persona, o quien sabe, si tal vez la magia de la palabra escrita rescate la voz de su protagonista.

Tal vez esta Primera nota me impulse algún dia a llevar este proyecto a cabo. Mientras tanto me contento con usar ese Pasaba por ahi como un homenaje, un recuerdo, y sobre todo una invitación a soñar.

miércoles, 14 de marzo de 2012

CAPÍTULO TERCERO: El tiempo que se escapa entre los dedos


El ascensor era relativamente grande, silencioso, y para desgracia de ambos muy veloz. 

Doscientas plantas era un camino para tomarse en serio. Sin embargo, los dos sentían que el tiempo se les escapaba entre los dedos. Aquella máquina cumplía con diligencia su trabajo, en un ascenso imparable, que ni siquiera les dio la cuartada de una oportuna parada en una planta a mitad de camino. 

Junto con la velocidad de infarto, el maldito cubículo tenía dos características, que hicieron que la ansiedad de Sibila se disparara hasta límites insospechados. 

La maldita e insultante luz de los halógenos blancos de toda potencia hacía que Sibila se sintiera como en un expositor giratorio, cual tarta en el escaparate de una pastelería: dando vueltas y sin tener tiempo, ni capacidad de reacción para repasar su maquillaje y vestimenta. 

Además, el maldito ascensor estaba lleno de espejos, que a modo de "falso cómplice para claustrofóbicos", sola la ponían en contacto una y otra vez con ese atuendo que no le acababa de convencer. 

Joder!! pensaba: Este sujetador me hace un pecho horrible y encima este pantalón parece estar hecho a medida para hacer que mi culito respingón se convierta en una maldita tabla!!

Aún así, trató de sonreír, una vez que, un rápido análisis de la situación, le hizo convencerse de lo imposible de deslizar un tranquilizante debajo de su lengua, para que la química la volviera bella y voluptuosa y le hiciera recuperar la confianza en si misma en ese momento, en el que la improvisación y la sorpresa la habían dejado tan fuera de juego. 

A este ritmo, se dijo, esto acabará pronto. Cuando quiera darme cuenta habremos llegado a mi planta y este sueño se desvanecerá y no me quedará más que lamentarme por no haber sabido que hacer cuando la posibilidad del amor eterno se presentaba ante mi puerta. 

La cándida Sibila solo tenía de profético su nombre, porque en ese momento sus reflexiones y las del incandescente hombre que tenía frente a sí, no tenían nada que ver. 

Las manos de Vaporetto sudaban, cosa rara porque era un hombre con una excelente capacidad de controlar sus emociones. Aprendió a ser silencioso y a "congelar su temple" si fuera necesario, en el campo de entrenamiento de los Marines en la remota isla de TigerNut. No le gustaba compartir esa información con nadie, porque le remitía a un pasado de constante peligro, en el que tuvo que romper sus lazos afectivos en pos de una Humanidad Mejor.

Aún así, en aquel momento y con esa mujer enfrente se sentía como un soldado raso el primer día de campamento. Asustado, incapaz de controlarse, inseguro, pero a la vez, extrañamente ilusionado.

Intentaba pensar rápido, en una lucha contra reloj con aquel vehículo de última generación en el que se había convertido el ascensor.

El monitor digital mostraba la sucesión de números 1, 2, 3, 67, 73, 80, que más que desfilar, se desvanecían antes que el ojo fuera capaz de situarse en una cifra determinada.

Por fin en décimas de segundo que le parecieron una eternidad acertó a articular:

- "Es mi primer día en la compañía y también el primero en la ciudad, después de varios años fuera del país y la verdad es que estoy un poco "oxidado" en lo que a relaciones sociales se refiere. Siento no poder ofrecerle un trayecto en ascensor mas ameno"

Sibila notó como el rubor subía a sus mejillas y se limitó a contestar con una sonrisa por la que se "escapó" toda la ansiedad y la tensión. Su cuerpo se relajó de repente, en respuesta a esa adorable disculpa y en un instante volvió a sentirse la mujer más bella del mundo. Tal fue la confianza que la envolvió que sin casi ser consciente de ello se escuchó a si misma diciendo:

-"Bueno, yo nunca he sido una gran conversadora de ascensor, la verdad. Me comunico mucho mejor delante de una copa de vino y la tenue luz de las velas"

- "Entonces tenemos una cita", dijo Vaporetto justo en el momento en que el ascensor les anunció con una parada seca que habían llegado a la planta 200.






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