Bella en tiempos, ahora luce desgastada.
Se ha puesto para la fiesta de Navidad un modelo neutro, y raído: vaquero azul lavado a la piedra, jersey verde y una camiseta blanca de manga larga que asoma tímida por el cuello y las mangas del jersey. Ni una joya. Nada de maquillaje. No se ha acordado de darse crema hidratante en la cara al salir de la ducha y ahora tiene la piel tirante y con una sensación de suciedad que le hace sentirse más insegura aún.
El pelo, antes negro, está salpicado de canas que se revuelven en un peinado mal hecho y descuidado.
Su mirada está vacía. Los ojos opacos no se miran en el espejo. No se atreve a hacerlo.
Su aspecto y su mirada son accidentes geográficos de la frivolidad de los últimos años. Noches de insomnio, nicotina y mal sabor de boca que se le han venido encima de una sola vez.
Mira a su alrededor intentando pasar desapercibida, inquieta, buscando un rincón que la mantenga a salvo de las miradas y de cualquiera en disposición de dirigirle la palabra. Se siente totalmente fuera de lugar, en una auténtica pesadilla viviente: una fiesta llena de niños, que corren, ríen y gritan sorteando juguetes y ganchitos bañados en Fanta de naranja, pegados al suelo.
Todas las caras que en tiempos lo habían significado todo para ella, ahora ríen extrañas. Nadie la identifica, es más, algunos la miran con asco. Le da la sensación que pronto se le acercará alguien para acusarla de colarse en un ambiente y una felicidad que no está legitimada para disfrutar.
Ha pasado una hora desde que llegó y parece que conseguirá no entablar conversación con nadie, para poder así otear, parapetada en una esquina y escondida tras un vaso de plástico lleno de cerveza caliente. Desde ahí observa, intentando relacionar los rasgos de los pequeños que corren y gritan sudorosos por la sala de fiestas, con las caras adultas, y lejanamente familiares de los padres que, ajenos, disfrutan del jardín y los viejos tiempos.
Está abstraída en su tarea, tanto que no se ha dado cuenta que al otro extremo de la sala hay alguien que ha reparado en ella. Una mujer de su misma edad, aunque de aspecto mucho más joven y feliz. Duda, mira a su alrededor buscando quien le ayude a confirmar la identidad de aquella morena raída que bebe distraída, pegada al radiador. Pero no hay nadie cerca, así que la “madre coraje”, delegada de curso y relaciones públicas por excelencia, decide acercarse y romper el hielo.
- Wendy, ¿eres tú?
Silencio, estupor, incomodidad. Mierda! De todos la gente que hay aquí, precisamente ella es la única con la suficiente desfachatez para acercarse a saludarme.
Han pasado menos de tres segundos de silencio, que parecen horas. María se revuelve en su traje Chanel, arrepentida de haberse acercado a aquella mujer. Sin duda es ella. Nunca olvidaría esos ojos, negro profundo en el que creyó perderse en su adolescencia.
- ¿Wendy?. ¿Qué te ha pasado Wendy?
El silencio sigue ahí. Wendy prefiere ahogarse en sus lágrimas antes que mostrar su debilidad.
Piensa en darse la vuelta y salir corriendo. Ya es tarde para contestar a esa pregunta. Pero el silencio es una nueva huída. Ya está cansada.
Respira hondo, y ya no le importa que María le vea llorar. Está en paz. Ahora puede contestar:
- Que crecí, eso es todo, dice, llena de alivio.
Aquella noche, Wendy durmió de un tirón y por primera vez supo que al día siguiente amanecería llena de energía y sin miedo, dispuesta a empezar de cero.
Larga espera para la nueva entrega pero, como siempre, ha valido la pena.
ResponderEliminarUn beso de los fuertes.
Dale caña, Wendy. El público quiere más.
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