Ahí exactamente me encontraba yo. En ese extraño punto de partida y a la vez de final en el que te hundes cuando te rompen el corazón. Y es que.....
Pasas horas en la cama dando vueltas y repitiendo en tu mente las últimas palabras del ser amado.
Consumes kilos de papel higiénico que se te quedan pegados a los orificios del cuerpo, desde la fosa nasal a la legaña y la oreja y sobre todo que se agarran a las yemas de tus dedos y uñas - porque claro, para que vas a lavarte e intentar quitar ese engrudo de celulosa, moco, lágrima y auto compasión-.
Ves tus ojos hinchados por el llanto incontrolado que te acosa cada cinco segundos, ya que todo absolutamente te recuerda a esa persona que se ha llevado tu vida, esperanzas e ilusiones.
Y así....en semejante estado pensé en mudarme a un hotel y allí dejarme morir de inanición o de asco. Lo primero me resultaba más romántico, pero lo cierto es que el desamor no había acabado con mi apetito. Así que opté por lo segundo. Pero el hecho de salir a la calle, trasladarme sin equipaje y con semejante careto, e ingeniármelas para que el señor de Dominos Pizza localizara mi número de habitación, me resultaba tan cansado que decidí seguir en casa que total allí también me podía morir del asco.
Planeé un fin de semana - menos mal que el ser amado tuvo la decencia de abandonarme en viernes- en el que dejarme arrastrar por el sufrimiento.
Tenía muchas horas por delante. Había cancelado todos "nuestros" compromisos para aquellos días ya que la fatalidad quiso que mi sueño se desvaneciera justo cuando deberíamos estar celebrando nuestras primeros 43 días de relación formal.
Tan sólo 48 horas antes de aquel momento de pesadilla en el que escuché "yo no quiero esto", estábamos tomando una caña en el bar del barrio, y yo con sonrisa picarona y mirada confiada le explicaba al "sentido de mi existencia", como en el breve plazo de dos días se cumpliría tan feliz jubileo.
Echando la vista atrás me planteo si tal vez el uso de, aquella palabra "JUBILEO", que hizo que mi amor se quedara con cara de paisaje y yo me atragantara por la dificultad de la pronunciación, fue lo que llevó al hundimiento de aquel crucero idílico.
Pudo ser aquello, aunque quizá me excediera un pelín, cuando, ese mismo día, en medio del bar hice aparecer a Cesar Millán con una corte de seres peludos - 43 en concreto- de los más diversos tamaños y razas, como un adelanto de los fastos que nos esperaban durante el fin de semana.
Lo que quise fue explicar a la "llama votiva de mi corazón" - como cariñosamente solía llamarla, aunque eso le ocasionara cierta bizquera (nunca lo identifiqué como una mala señal) - que si un día de vida humana, correspondía más o menos a cinco años de vida canina (exageré un poco la proporción por aquello de aumentar la emotividad del momento) esos 43 canes que se meaban por cada uno de los rincones del bar ante la sorpresa de los clientes, representaban nada más y nada menos que una relación de 215 años de amor caninos y 43 días humanos. Lo importante sin duda eran esos 215 años perrunos, tiempo suficiente para tener la certeza de querer pasar junto a aquel ser mágico el resto de mi existencia, o empezar a tenerla más bien ya que antes no habías existido en realidad.
No sé si fue excesivo el gesto, si lo fue el efecto algo agresivo tal vez que mis lágrimas e hipidos de emoción provocaron en "los glóbulos rojos de mi plasma" (también me gustaba llamarla así, chulo, eh????) o si lo que acabó siendo el fallo fue cuando, viendo que no entendía mi ecuación matemático animala, saqué aquel adorable ábaco de chocolate relleno de cerezas y purpurina que le regalé para insistir en mi romántica explicación de forma algo más gráfica.
El caso es que algo me hace pensar que aquella velada tuvo que ver en esa repentina y abrupta ruptura que ahora mismo me tenía hundida tan en el fondo, después de haber tocado el cielo con las yemas de los dedos.
Mi vida caía en picado sin sentido, revuelta en unas sábanas que se me clavaban como chinchetas en el cuerpo.
Lo que no sabía en aquel momento es que, aunque pareciera imposible, ese sentimiento de vacío y desesperación iba a quedar en una simple anécdota en tan solo una semana, cuando todo se puso mucho peor.
Lo que quise fue explicar a la "llama votiva de mi corazón" - como cariñosamente solía llamarla, aunque eso le ocasionara cierta bizquera (nunca lo identifiqué como una mala señal) - que si un día de vida humana, correspondía más o menos a cinco años de vida canina (exageré un poco la proporción por aquello de aumentar la emotividad del momento) esos 43 canes que se meaban por cada uno de los rincones del bar ante la sorpresa de los clientes, representaban nada más y nada menos que una relación de 215 años de amor caninos y 43 días humanos. Lo importante sin duda eran esos 215 años perrunos, tiempo suficiente para tener la certeza de querer pasar junto a aquel ser mágico el resto de mi existencia, o empezar a tenerla más bien ya que antes no habías existido en realidad.
No sé si fue excesivo el gesto, si lo fue el efecto algo agresivo tal vez que mis lágrimas e hipidos de emoción provocaron en "los glóbulos rojos de mi plasma" (también me gustaba llamarla así, chulo, eh????) o si lo que acabó siendo el fallo fue cuando, viendo que no entendía mi ecuación matemático animala, saqué aquel adorable ábaco de chocolate relleno de cerezas y purpurina que le regalé para insistir en mi romántica explicación de forma algo más gráfica.
El caso es que algo me hace pensar que aquella velada tuvo que ver en esa repentina y abrupta ruptura que ahora mismo me tenía hundida tan en el fondo, después de haber tocado el cielo con las yemas de los dedos.
Mi vida caía en picado sin sentido, revuelta en unas sábanas que se me clavaban como chinchetas en el cuerpo.
Lo que no sabía en aquel momento es que, aunque pareciera imposible, ese sentimiento de vacío y desesperación iba a quedar en una simple anécdota en tan solo una semana, cuando todo se puso mucho peor.
Animo con la historia y con el proyecto. No dejes de "alimentarnos"😜😜😃😃
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