De nuevo huelga en el metro. Llueve, es lunes, y la parada del autobús está atestada de gente malhumorada que espera la llegada de un autobús atestado de gente malhumorada.
Viendo el lado positivo de la situación , estoy en los primeros puestos de la fila, porque, como no, cuando he llegado a la parada, el autobús acababa de pasar. Así que, entre la escasa frecuencia de la linea que me lleva al trabajo, y las características"especiales" de la jornada, calculo que tengo al menos 20 minutos por delante. Tengo demasiado sueño para pensar siquiera en leer el libro que llevo en el bolso, así que opto por el pasivo pero apasionante voyeurismo de primera fila.
Comienzo por mis "habituales"; las tres funcionarias que cada mañana se reúnen en la parada para esperar al de "menos cinco", y que consumen el tiempo de espera elucubrando a que hora pasará el bus - siempre a menos cinco - o a que hora habrá pasado el último, al que se refieren como el de "menos veinte", sin reparar en que el propio apelativo ya da bastantes pistas sobre la hora a la que probablemente ha abandonado la parada el mentado bus. Hoy parecen conscientes de que las consideraciones horarias, no serán suficientes para llenar el silencio y evitar la tentación de "abandonarse" al ostracismo que asegura el periódico gratuito que, al menos, una de ellas, tiene en la mano, aunque no abre por educación. Así, pasan a la socorrida meteorología para culminar con uno de los temas de conversación estrella: el calendario laboral. Empiezan pesarosas al recordar que tienen cinco días por delante, pero de repente como por arte de magia empiezan a surgir palabras como "moscoso", "puente" y "día de libre disposición" y sus caras se transforman Sube el volumen y la vehemencia de los comentarios y su impresionante capacidad para contabilizar de cabeza los días del calendario, hace que empiecen a "disfrazarse" en mi mente con el traje negro, el sombrero y los peyéh, en una versión castiza de los jasídicos de Brooklyn, que, a la puerta de sus negocios, contabilizan orgullosos los beneficios de la jornada.
Junto al funcionarial sanedrín, aparece otro de los personajes que más disfruto observando sobre todo en las mañanas como éstas: el fumador. Digo que las condiciones son las ideales porque, cuando aún es de noche y hace frío el humo del cigarrillo, se mezcla con el vaho que exhala el fumador al respirar dando más fuerza y misterio aún a la escena. Me considero una relativa experta en la observación del "fumador" como especie y tengo la teoría de que se puede aprender sobre la personalidad de alguien, atendiendo a la forma en la que fuma. En este caso, tengo la suerte de dar con uno de mis favoritos: un fumador enérgico pero pausado a la vez. Se toma su tiempo entre calada y calada y aspira profundamente. No se distrae de su tarea compaginándola con la lectura o una conversación telefónica. Simplemente, mira al infinito, concentrado en su momento y preocupado de proteger el cigarrillo de las gotas de lluvia, haciéndole un particular "techado" con los dedos de la mano en que lo sostiene.
A su lado, una lectora, claramente no fumadora que, parece haber perdido la concentración y que con cara de mal humor, escarba en su mente para recordar si la última ley anti tabaco considera las paradas de autobús como recinto cerrado y por tanto vetado a los fumadores. Algo le suena, pero la inseguridad hace que no se atreva a reprender al joven fumador por miedo a llevarse un corte.
Hay diversos miembros de la tribu lectora, "salpicados" por la parada y sus alrededores. Los mas madrugadores cuentan con la marquesina para resguardarse mientras que los menos afortunados hacen malabarismos para compaginar la sujeción del paraguas con el ebook, kindle y demás artefactos. ¿El libro en papel? Parece que esta mañana también está en huelga.
Mi tarea me ha tenido tan absorbida que no me doy cuenta que pronto se habrán cumplido los 20 minutos y por tanto ya podré empezar a esperar con cierta verosimilitud que la parada se vea de repente inundada por la luz del añorado vehículo de transporte público. También para esto tengo mi particular truco de "adivinación" cuando me apetece más jugar que asomar la nariz a la calzada para ver si llega. Es sencillo y de nuevo se basa en la observación del vecino, porque siendo el ser humano de naturaleza casi siempre impaciente sobre todo en situaciones como la que nos ocupa, siempre está aquel que rápidamente saca el cupón de su abono transporte después de su "enésima" asomada de nariz a la calzada. Cuando esto ocurre, en combinación con la recolocación reivindicativa en el puesto de la parada, se que "es la buena" y que la espera ha terminado.
Bien! el fumador, da su última calada y .....bingo! se apresura a sacar su cupón. Cinco, cuatro, tres, dos uno....el autobús para delante de mi y algunos de los afortunados pasajeros abandonan el abarrotado bus por la puerta delantera, respirando hondo después del caluroso trayecto.
Llega un momento crítico en el que tienes que compaginar la educación y el buenrollismo, con el más puro instinto de supervivencia para no quedarte en tierra otros veinte minutos. Por suerte hoy ocupo un puesto privilegiado y tras codear involuntariamente a algunos de los que abandonan el bus, consigo subir e incluso picar el billete. Pronto empiezo a sentir la embestida de mis compañeros de espera en la parada y guiada por una especie de sentimiento de solidaridad empujo suavemente al pasajero que tengo delante para dejar entrar a mis compañeros, haciendo caso riguroso a la metálica banda sonora que suena en el autobús:
Por favor pasen al fondo.
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